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Cómo el reportero Matt Richtel habló con adolescentes y padres para esta serie


A mediados de abril, hablé con la madre de una adolescente con tendencias suicidas cuya experiencia he seguido de cerca. Le pregunté cómo estaba su hija.


No muy bien, respondió la madre: “Si no encontramos algo drástico para ayudar a esta niña, no estará aquí mucho tiempo”. Se puso a llorar. “Está fuera de nuestras manos, está fuera de nuestro control”, aseguró. “Lo estamos intentando todo”.


Y añadió: “Es como esperar el final”.


A lo largo de casi 18 meses de reportaje, conocí a muchos adolescentes y a sus familias, y entrevisté a decenas de médicos, terapeutas y expertos en la ciencia de la adolescencia. Escuché historias desgarradoras de dolor e incertidumbre. Desde el principio, mis editores y yo discutimos sobre la mejor manera de tratar las identidades de las personas en crisis.


El Times se impone un nivel de responsabilidad muy alto a la hora de conceder el anonimato a las fuentes; nuestro libro de estilo lo califica de “último recurso” para situaciones en las que una información importante no puede publicarse de otra manera. A menudo, las fuentes pueden enfrentarse a una amenaza a su carrera o incluso a su seguridad, ya sea por un jefe vengativo o un gobierno hostil.


En este caso, la necesidad de anonimato tenía un imperativo diferente: proteger la intimidad de adolescentes jóvenes y vulnerables que se han autolesionado y han intentado suicidarse; algunos de ellos han amenazado con volver a intentarlo. Al contar sus historias, teníamos que ser conscientes de que nuestro primer deber era su seguridad.


Si el Times publicaba los nombres de esos adolescentes, podrían ser fácilmente identificados años después. ¿Perjudicaría eso sus oportunidades de empleo? ¿Se arrepentiría más tarde un adolescente —un menor legal— de haber expuesto su identidad durante un periodo de dolor y dificultad? ¿Ver la historia publicada empeoraría las crisis que viven?


En consecuencia, algunos adolescentes son identificados solo por la primera inicial; algunos de sus padres son identificados por el nombre o la inicial. A lo largo de los meses, llegué a conocer a M, J y C, y en Kentucky, llegué a conocer a adolescentes con problemas a quienes identifiqué solo por sus edades, 12, 13 y 15 años. En algunos artículos, no publicamos con precisión dónde vivían las familias.


Todas las personas a las que entrevisté dieron consentimiento, y los padres solían estar presentes en las entrevistas con sus hijos adolescentes. En algunas ocasiones, uno de los padres se ofreció a salir de la habitación, o un adolescente pidió privacidad y el padre accedió.


Durante el desarrollo de estos artículos, escuché dolor, confusión y una búsqueda desesperada de respuestas. Las voces de los adolescentes y sus padres, aunque protegidas por el anonimato, profundizan en la comprensión de esta crisis de salud mental.



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